Neurodivergencias, tripas y suelo pélvico: cuando tu cuerpo habla en otro idioma

Sabemos que en las neurodivergencias – como el TEA, TDAH, las altas capacidades intelectuales o la dislexia, por mencionar algunas –  existe un cableado cerebral distinto al de las personas neurotípicas (es decir, aquellas cuyo cerebro funciona dentro de lo considerado «estándar»). 

También sabemos que en el síndrome de intestino irritable, ese cableado que conecta el cerebro con las tripas —el famoso eje intestino-cerebro— funciona de forma diferente. De hecho, hace años que se ha cambiado la nomenclatura: lo que antes llamábamos trastornos funcionales gastrointestinales ahora se conoce como trastornos del eje intestino-cerebro.

Y si nos vamos un poco más abajo, en el caso del dolor pélvico crónico nos encontramos algo parecido: un sistema nervioso que responde de forma exagerada o más sensible a ciertos estímulos. A esto lo llamamos sensibilización central. Lo vemos también en la fibromialgia, la endometriosis o los síndromes de dolor regional complejo.

¿Y qué pasa con la disfunción del suelo pélvico? Me refiero a esos trastornos en los que funciones tan básicas como orinar, defecar o mantener relaciones sexuales se ven alteradas. Pero no por una lesión visible o un problema estructural, sino por un fallo en la función, es decir, en el cableado. 

¿Quién da la orden para que esos órganos funcionen bien? El cerebro.

¿Y quién interpreta las señales que vienen desde ahí abajo? También el cerebro.

Es decir: en todos estos trastornos hay una diferencia en el cableado o en la forma en la que interpretamos lo que sentimos.

Mi hipótesis es sencilla:  ¿Podrían estar relacionados?

¿Las personas neurodivergentes tienen más riesgo de padecer síndrome de intestino irritable, dolor pélvico crónico o disfunciones del suelo pélvico?

Y si es así, ¿estamos enfocando bien el diagnóstico?
¿Les ofrecemos las herramientas adecuadas?

Quédate, que te cuento lo que he ido encontrando.

¿Qué es eso de la neurodiversidad?

Créeme que no estoy siguiendo una de esas modas pasajeras de ponerle el prefijo neuro– a todo para que suene más atractivo o científico (o pseudocientífico, como ocurre demasiadas veces). 

La neurodiversidad es un concepto que reconoce que no todos los cerebros funcionan del mismo modo, y que esas diferencias no son fallos ni patologías, sino variaciones naturales del desarrollo neurológico humano. 

Es decir, igual que hay diversidad en el color de piel o en la forma del cuerpo, también la hay en la forma de percibir, procesar e interpretar el mundo.

Este término nació en el ámbito del activismo autista, pero hoy se usa en un sentido más amplio para referirse a personas con diagnósticos como:

  • Trastorno del espectro autista (TEA)
  • Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)
  • Dislexia, discalculia y otros trastornos del aprendizaje
  • Altas capacidades intelectuales
  • Y también combinaciones de varios de estos rasgos (lo que se conoce como doble excepcionalidad)

Cuando hablamos de neurodivergencias, nos referimos justamente a estas formas de funcionamiento neurológico que se desvían de lo que se considera típico o esperado (la llamada neurotipicidad). No implican necesariamente una discapacidad, pero sí un cableado distinto que puede afectar a cómo una persona siente, piensa, se relaciona… y —como veremos en este artículo— también a cómo interpreta las señales de su propio cuerpo.

En general, cuando se habla de neurodiversidad se pone el foco en cómo estas personas se relacionan con el mundo exterior: el colegio, el trabajo, las relaciones sociales… 

Pero hoy quiero invitarte a mirar hacia dentro. Porque también hay una forma distinta de percibir el mundo interior: el cuerpo, las sensaciones físicas, las necesidades básicas.

Y cuando ese «idioma interno» se vive de forma diferente, más intensa, más confusa, o directamente invisible, pueden aparecer problemas que afectan a la salud digestiva, al suelo pélvico o al manejo del dolor. De eso vamos a hablar.

En este artículo me voy a enfocar principalmente en el trastorno del espectro autista (TEA). Primero, porque hay cada vez más literatura científica sobre este tema. Y segundo, porque es uno de mis intereses especiales últimamente.

Eso sí, aviso: la mayoría de estudios que leerás sobre autismo están centrados en varones y en niños. Lo cual es un problema, sobre todo si (como en mi caso), tratas a muchas mujeres adultas. Y es que muchas de ellas han aprendido a camuflar sus rasgos desde pequeñas. Tienen inteligencia alta, buenas notas, son funcionales… pero por dentro están haciendo malabares para encajar.

De eso también hablaremos más adelante. Porque lo que no se ve, muchas veces, se somatiza.

Interocepción: cuando tu GPS corporal no funciona como esperas

Estudiamos en el colegio que tenemos cinco sentidos básicos: vista, gusto, olfato, oído y tacto. Pero lo que no nos dijeron nunca (quizás porque son conceptos bastante más complejos de entender) es que tenemos tres sentidos más: vestibular, propioceptivo e interoceptivo. 

¿Sabes cuando hablamos de ese sexto sentido que nos viene desde dentro y nos ayuda a tomar decisiones más «viscerales»? Quizás en la cultura popular ya se ha destilado ese concepto de interocepción. 

«La interocepción es el proceso mediante el cual el sistema nervioso central recibe, interpreta e integra señales procedentes de los órganos internos, informando sobre el estado fisiológico del cuerpo» (Hatfield, 2017).

Es el sentido que nos hace conscientes de cómo estamos por dentro. 

Interocepción y conciencia corporal en personas con neurodivergencias: relación con los problemas digestivos

Quizás de ahí venga ese término anglosajón que me encanta: gut feeling. Lo que nos dicen nuestras tripas, en una mezcla de emociones y sensaciones que nos ayudan a tomar un camino u otro en nuestra vida. 

Yo siempre me dejo guiar por mis gut feelings. Hacer medicina, cambiarme de país o escribir este artículo. ¿Habré interpretado bien las señales de mis tripas?

Pero, dejando allá el tema más filosófico, la interocepción no nos ayuda a jugar el número que nos haga ganar la lotería (algo extremadamente improbable), sino que nos ayuda a saber lo que pasa en nuestro cuerpo para nuestra supervivencia. 

Sentir que tenemos hambre nos ayuda a buscar comida para poder seguir viviendo, aunque en nuestro entorno privilegiado no sea un problema encontrarla, para nuestros ancestros suponía planificación y estrategia. 

Sentir que un alimento nos ha sentado mal nos ayuda a no seguir comiéndolo, y quizás evite intoxicaciones innecesarias. Cosa que curiosamente no ocurre con uno de los tóxicos más consumidos: el alcohol. 

Sentir ganas de defecar, nos ayuda a buscar un sitio fuera de peligro para poder relajarnos y cagar a gusto. Claro que luego nuestro cerebro puede jugarnos malas pasadas pensando que solo está fuera de peligro el baño de nuestra propia casa. 

Estas percepciones nos dicen lo que pasa dentro de nuestro cuerpo y nos permiten actuar en consecuencia. El problema es que ese sistema interoceptivo puede funcionar de forma diferente en personas neurodivergentes

En estudios recientes se ha observado que las personas en el espectro autista presentan una menor precisión y conciencia interoceptiva (Williams et al., 2023), lo que puede influir en cómo experimentan el dolor, el hambre, el malestar o la necesidad de ir al baño.

Son más conocidas las personas que son sensibles a estímulos externos, como la luz o el ruido, y a veces son denominadas como personas altamente sensibles (PAS). Pero, hay personas que son más o menos sensibles a los estímulos internos de su cuerpo. 

La terapeuta ocupacional Kelly Mahler, quien ha trabajado ampliamente con personas autistas y neurodivergentes, ha descrito tres estilos interoceptivos como describe en su blog la Dra Neff: 

  • Hiposensible: cuando las señales internas de su cuerpo están silenciadas. Son las personas a las que se les olvida beber (no sienten la sed hasta que están deshidratados), se les olvida comer porque no sienten hambre (pero lo hacen porque el resto de su familia o compañeros lo hacen), o tienen un alto umbral al dolor (lo cual puede ser negativo porque no acuden a urgencias hasta que están mucho más graves). Tampoco sienten cuándo tienen que ir al baño, lo que puede contribuir al estreñimiento (hablé en este libro largo y tendido sobre la hiposensibilidad rectal como factor de riesgo) o a infecciones de orina por dejar la orina «estancada» en la vejiga durante mucho tiempo. En el plano emocional, les cuesta sentir esas emociones hasta que les sobrepasan y ya no pueden gestionarla, llevándoles a esos ataques de ira repentinos, una mala autorregulación emocional y tienen más propensión a la ansiedad y la depresión. 
  • Hipersensible: son aquellos que están siempre alerta. Tienen que estar bebiendo y comiendo todo el tiempo (muchas veces comen más allá de sus necesidades con las consecuencias que esto acarrea), y tienen un umbral muy bajo para el dolor. Esto puede hacerles que les etiqueten de «hipocondríacos», «blandos» u otros adjetivos del estilo. Pero lo que ocurre es que lo sienten todo muy intensamente, incluyendo las ganas de hacer pis (siempre están buscando un baño y conocen los baños de todos los locales) y también pueden tener más urgencia defecatoria (aunque expulsen poca cantidad o incluso solo algo de moco). Con las emociones pasa lo mismo, las sienten más intensamente y frecuentemente son tildados de dramáticos. 
  • Dificultad de interpretación: son personas a las que les cuesta discriminar si lo que sienten es hambre o simplemente ansiedad (lo que pueden llamar de «hambre emocional»),o si tienen sed o les duele la garganta. Son un reto cuando vienen al hospital porque si están enfermos no saben definir y explicar qué es lo que les pasa. En cuanto a sus emociones, tienen un batiburrillo y confunden unas con otras con frecuencia.

No es de extrañar, entonces, que en personas con autismo encontremos con frecuencia síntomas como estreñimiento, incontinencia o urgencia sin causa estructural aparente (Gubbiotti, 2019; Holingue, 2023). No es que su cuerpo funcione mal, es que lo siente o lo interpreta de forma diferente.

Estas alteraciones interoceptivas pueden derivar en problemas de salud potencialmente graves, por ejemplo, si acuden al hospital cuando ya tienen una peritonitis puesta y la recuperación de una cirugía será mucho más lenta. 

Pero también son un reto para el personal sanitario, ya que nos puede costar entender su problema de salud (si no sabes interpretar lo que te pasa, mucho menos vas a poder comunicarlo), o porque podemos crearnos prejuicios de si una persona es «quejica» y viene a vernos cuando «no le pasa nada» (nada visible para nosotros, pero que su sistema nervioso lo está gritando con un altavoz bien grande). 

De hecho, se habla del término diagnostic overshadowing en el autismo, en el que malinterpretamos los síntomas que pueden estar asociados y culpamos todo a dicha neurodivergencia. O lo contrario, que creamos que una persona que inicialmente ha sido diagnosticada por ejemplo de ansiedad, no pueda estar en el espectro autista y que todo lo que le pasa en la vida (incluyendo trastornos gastrointestinales o dolor crónico) tenga que ver con ese diagnóstico inicial. 

Este fenómeno de «diagnostic overshadowing» ha sido descrito en personas con autismo de alto funcionamiento (Gupta, 2023), especialmente en mujeres, donde la ansiedad, el dolor pélvico crónico o los trastornos digestivos se atribuyen erróneamente a factores emocionales, sin explorar causas neurobiológicas o sensoriales subyacentes.

¿Cuántos diagnósticos no habremos pasado por alto a lo largo de los siglos por etiquetarlo todo de «histeria»?

Comprender que el sistema de señales internas puede estar alterado no solo ayuda a explicar los síntomas, también puede ser el primer paso para dejar de invalidar el sufrimiento de muchas personas…y empezar a tratarlas mejor. Con evidencia. Y sin tabúes. 

Hipersensibilidad sensorial y visceral

Sabemos que entre un 45 y 95% de las personas con trastorno del espectro autista (TEA) presentan alteraciones sensoriales marcadas, siendo la hipersensibilidad una de las más comunes (Ben-Sasson, 2009). Sí, eso que muchas veces se etiqueta como personas altamente sensibles (PAS).  

Hipersensibilidad visceral en neurodivergencias

Esto se traduce en una mayor reactividad a estímulos del entorno como la luz, el ruido o el tacto. Pero, como vimos en el apartado anterior, la sensibilidad también puede dirigirse hacia adentro: hacia las señales de nuestro propio cuerpo. En concreto, hablaremos de las tripas. 

Para empatizar con lo que puede sentir una persona con hipersensibilidad sensorial,  imagínate que estás en una discoteca abarrotada de gente que te empujan sin parar, en la que ponen una música que aborreces a todo volumen (en mi caso el reggaeton) y con un olor nauseabundo a sudor de perro mojado. 

Vamos, lo que viene siendo una discoteca normal. 

Ahora añade a ese cóctel unos retortijones insoportables, sentirte hinchado como un globo y con ganas de cagar todo el tiempo. 

¿Te sentirías abrumado con todos estos estímulos? ¿Saturado? ¿Agobiado?

Esa sensación de sobrecarga sensorial es algo cotidiano para muchas personas con TEA y desorden del procesamiento sensorial. Y cuando esa sensibilidad afecta al interior del cuerpo (como a las tripas) hablamos de hipersensibilidad visceral. 

En los peores casos, puedes llegar a sentir cada movimiento intestinal. Y no solo sentirlo, sino que sea doloroso. En Tripas en Acción cuento uno de esos casos extremos. 

Es como si le subiesen el volumen a todos tus sentidos… incluyendo el interoceptivo. 

Sabemos, gracias a estudios como los de Hatfield (2017) y Williams et al. (2023), que en el autismo hay alteraciones en las que el sistema nervioso integra e interpreta las señales internas del cuerpo. Esto puede influir en la forma en que sienten el dolor, el hambre o las ganas de defecar. 

Y no es de extrañar que se describa una mayor prevalencia de síntomas digestivos como el estreñimiento, dolor abdominal, diarrea funcional y urgencia fecal en personas con autismo, incluso sin alteraciones visibles en la anatomía del intestino (Holingue, 2023; Micai, 2023). 

Porque el problema no está en el tubo… sino en el cableado. 

Ese «cableado» es lo que llamamos eje intestino-cerebro, responsable de trastornos tan conocidos como el síndrome de intestino irritable (SII), en el que la característica principal es precisamente la hipersensibilidad visceral. Porque, sin dolor de tripa, no podemos hacer un diagnóstico de SII. 
Y aquí es donde entra en juego otro factor relevante: cuando nuestro sistema de alarma está descontrolado. Es lo que llamamos sensibilización central.

Sensibilización central: cuando el sistema nervioso se queda sin filtro

¿Te ha pasado alguna vez que un ruido que a otras personas no parece molestar, a ti te taladra el cráneo? ¿O que algo te huele tan fuerte que te dan náuseas, pero a los demás les parece agradable? Eso podría ser una pista de que tu sistema nervioso se ha quedado sin filtros. Y no hablo solo del mundo exterior, también del mundo interior.

Este fenómeno se conoce como sensibilización central, y aunque suena muy técnico, se puede entender de forma sencilla: es cuando el sistema nervioso central amplifica señales que no deberían doler o molestar tanto.

Imagínate que tu sistema nervioso tiene una alarma contra incendios. En una persona neurotípica, salta cuando hay fuego. Pero en alguien con sensibilización central, puede activarse con el vapor de la ducha. El umbral se ha reducido tanto, que el sistema responde de forma exagerada a estímulos normales o incluso inocuos.

Esto ocurre tanto con estímulos externos (luces, ruidos, olores…), como con estímulos internos, especialmente el visceral. Es decir: los retortijones de tripa, las ganas de orinar o defecar, la distensión abdominal… se perciben de forma mucho más intensa, incluso cuando no hay un problema estructural que lo justifique.

Incluso a veces se pueden sentir como dolorosos estímulos que son completamente normales: la distensión de las tripas después de comer, o su simple movimiento de peristalsis.

¿Qué tiene que ver esto con el autismo?

Mucho. En un estudio reciente, Grant et al. (2024) analizaron los síntomas de personas con rasgos autistas y encontraron que la mayoría presentaban características compatibles con sensibilización central, aunque no tuvieran un diagnóstico formal.

Esto ayuda a entender por qué muchas personas en el espectro describen dolores crónicos, hipersensibilidad a los cambios corporales, fatiga extrema o una intolerancia general a ciertos ambientes.

Y no se trata de una «manera de ser» o de «tener más manías». Es una alteración real en la forma en que el cerebro interpreta las señales del cuerpo. 

Una cuestión de cableado, no de actitud.

Las tripas no mienten… pero a veces exageran

Uno de los lugares donde mejor se ve esta amplificación es en el intestino. Estudios como el de Midenfjord (2021) han demostrado que en personas con síndrome de intestino irritable (SII), la intensidad de los síntomas se correlaciona más con la sensibilización del sistema nervioso que con la inflamación o alteraciones anatómicas.

Es decir, que puedes tener una colonoscopia perfecta, y aun así sentirte como si te hubieran metido un globo inflado en el abdomen y te lo estuvieran retorciendo por dentro.

En personas autistas esto es especialmente relevante. Estudios como los de Holingue (2023) y Micai (2023) muestran que los síntomas digestivos funcionales (como estreñimiento, diarrea, dolor abdominal o urgencia) son mucho más frecuentes en personas dentro del espectro que en la población general.

Y muchas veces no encontramos una causa física clara. Pero sí encontramos un patrón de hipersensibilidad visceral y disfunción del eje intestino-cerebro. De ahí que hayan cambiado el nombre de trastornos funcionales gastrointestinales a trastornos del eje intestino-cerebro. 

¿Y si todo estuviera conectado?

La sensibilización central no afecta solo a las tripas. Está detrás de lo que se conoce como síndromes de sensibilización central, un grupo de trastornos que incluyen:

  • Fibromialgia
  • Síndrome de fatiga crónica
  • Síndrome del intestino irritable
  • Dolor pélvico crónico
  • Síndrome de vejiga dolorosa
  • Cefaleas tensionales crónicas

Todos ellos tienen algo en común: mucho sufrimiento, pocos hallazgos médicos y una mala fama injusta. Y cada vez hay más evidencia de que comparten mecanismos neurobiológicos comunes.


Como explica Bourke et al. (2015), todos estos cuadros podrían tener en su base una alteración de la modulación central del dolor. En otras palabras, el sistema nervioso está amplificando señales que no debería.

Y sí, también hay solapamiento con los rasgos autistas y con otros perfiles neurodivergentes. No porque el autismo cause estos síndromes, sino porque pueden compartir vulnerabilidades en cómo el sistema nervioso procesa e interpreta la información corporal.

¿Por qué es importante saber esto?

Porque muchas de estas personas acaban atrapadas en un circuito médico interminable: «No tienes nada», «todo es ansiedad», «está en tu cabeza», «te lo estás inventando», «es que eres muy sensible».

Y no, no se lo están inventando.

Tienen un sistema nervioso sin filtros. Y eso duele.

Entender la sensibilización central no solo ayuda a tratar mejor a estas personas. También nos obliga a revisar nuestros propios prejuicios como profesionales de la salud. Porque cuando una persona viene diciendo que su barriga le duele cada día y nadie le cree, no solo sufre físicamente: también duele no sentirse escuchado.

Ansiedad y neurodivergencias

Si has llegado hasta aquí, es probable que te suene eso de «la ansiedad lo explica todo». Cuando algo no encaja, cuando no hay una causa física aparente, cuando los síntomas se acumulan y no sabemos qué hacer con ellos… te sueltan el maldito: «esto es ansiedad».

Y sí, la ansiedad existe. Pero no siempre es la causa. A veces es la consecuencia. Y otras veces, es el resultado de un sistema nervioso que está en «modo alerta» por defecto. 

Y aquí es donde entran las neurodivergencias.

Ansiedad en neurodivergencias

Un cóctel invisible

En las personas con trastornos del espectro autista (TEA), TDAH o doble excepcionalidad, los niveles de ansiedad clínica están por las nubes. Un metaanálisis encontró que cerca del 40% de niños y adolescentes con TEA presenta al menos un cuadro clínico de ansiedad (van Steensel, 2011). 

En adultos las cifras no mejoran: otro metaanálsis encontró que entre el 27 y 42% de los adultos autistas cumple criterios diagnósticos de un trastorno de ansiedad (Hollocks, 2018)

Y eso sin contar a quienes viven con ansiedad constante sin llegar a cumplir criterios diagnósticos.

En el caso de las mujeres, la cosa se complica aún más: muchas acuden al médico por ansiedad, crisis de pánico o trastornos digestivos… y se pasan años en el sistema sanitario sin que nadie considere que detrás puede haber un TEA no diagnosticado. 

El estudio de Gupta (2023) lo resume con un concepto muy útil: diagnostic overshadowing, o el «eclipse diagnóstico». Es decir, cuando un diagnóstico previo (como ansiedad) impide ver lo que realmente está pasando.

Parece que, cuando tienes un diagnóstico de ansiedad, no pudieras tener nada más. Pero sí que puedes. Entre otras cosas, podrías tener una neurodivergencia. 

¿Por qué tanta ansiedad?

No es que las personas neurodivergentes «se agobien más», es que viven el mundo de forma diferente:

  • Sensibilidad sensorial aumentada: el ruido, la luz, los olores o las multitudes pueden resultar abrumadores. Lo que para otros es «normal», para ellas puede ser intolerable.
  • Dificultad para anticipar lo inesperado: los cambios, las ambigüedades o las situaciones sociales imprevisibles son fuente de estrés constante.
  • Errores de interpretación corporal: si la interocepción está alterada (como vimos antes), el cuerpo lanza señales que no se entienden bien. Un nudo en el estómago puede parecer una amenaza; un aumento del ritmo cardíaco, una señal de que «algo malo va a pasar».
  • Sistema nervioso hiperreactivo: en muchas personas con TEA o TDAH, predomina el sistema simpático (el de lucha/huida) y cuesta activar el freno: el sistema parasimpático, que debería ayudarnos a calmarnos, descansar y digerir.

Esto no genera solo momentos de ansiedad, sino un estado basal de hiperalerta. Como si el sistema estuviera en guardia todo el tiempo. 

Y claro… vivir así agota. Y las tripas lo sufren.

Todo sería más fácil si el entorno se adaptara mejor a la neurodiversidad y ayudase a generar menos alarmas de las necesarias. 

Hacen falta muchos cambios en este sentido. Sin embargo, me sorprendió llegar un día al Carrefour durante la hora protegida donde se reducen las luces y la música para evitar la sobrecarga sensorial. Es una hora a la semana… pero algo es algo.  

El intestino, ese segundo cerebro estresado

No es casualidad que muchas personas neurodivergentes tengan problemas digestivos: estreñimiento, diarrea, dolor abdominal, urgencia, hinchazón… No solo por cómo interpretan las señales de su cuerpo, sino también porque el sistema digestivo es muy sensible a las emociones. 

Esto no es una percepción sin fundamento. Un metaanálisis muy citado (McElhanon, 2014) encontró que los niños con autismo tienen más de cuatro veces más probabilidades de sufrir síntomas digestivos como dolor abdominal, diarrea o estreñimiento que los niños neurotípicos. Y un análisis más reciente (Lasheras, 2023) confirmó que uno de cada tres niños o adolescentes con TEA presenta síntomas digestivos funcionales, mucho más que en la población general.

Esto no se debe solo a un problema del tubo digestivo en sí, sino a cómo se interpretan las señales viscerales —como vimos antes con la interocepción— y a cómo responde el cuerpo ante el estrés y la ansiedad. En todas las personas, el sistema digestivo responde a las emociones, pero en quienes tienen un sistema nervioso constantemente sobreactivado, el intestino se convierte en campo de batalla.

Esto es, de nuevo, porque el eje intestino-cerebro está implicado en todos estos procesos. Y en las personas con autismo, se ha visto que puede funcionar de forma diferente: no solo se modula la digestión, sino también la percepción emocional. Lo que se siente en las tripas, se vive con más intensidad… o con más confusión.

Un cableado diferente a nivel cerebral, y un cableado diferente a nivel intestinal. Tanto el primer como el segundo cerebro procesan e interpretan la información de forma diferente. 

Entonces, ¿es ansiedad o es otra cosa?

La ansiedad no es una emoción trivial. Pero tampoco es una caja donde meter todo lo que no entendemos. En personas neurodivergentes, la ansiedad puede ser:

  • Una respuesta a un entorno hostil o impredecible
  • Un intento del cuerpo por dar sentido a una sobrecarga sensorial
  • Una consecuencia de no entender lo que pasa dentro del cuerpo
  • Una alarma constante porque el sistema nervioso no puede apagar el modo vigilancia

Y si el sistema está en alerta constante… ¿cómo crees que responde el cuerpo?

Con tensión muscular crónica.

Y aquí es donde bajamos del cerebro al cuerpo.

Pasamos del «todo es ansiedad» al «todo se tensa». Mandíbula, cuello, abdomen, suelo pélvico, esfínteres. Porque la ansiedad no se esfuma: se manifiesta en el cuerpo. 

Tensión emocional = tensión muscular

Las estereotipias como el balanceo, el aleteo o los sonidos repetitivos son estrategias que muchas personas autistas utilizan de forma espontánea para autorregularse. Pero, por desgracia, estos gestos están socialmente mal vistos. Por eso muchos adultos aprenden a sustituirlos por otras formas de autorregulación más aceptadas: mover una pierna sin parar, morderse las uñas, enrollarse el pelo, juguetear con un boli…

Y en ocasiones, en vez de mover cosas… las apretamos.

Tensión muscular para autorregulación en el autismo

Toda esa sobrecarga sensorial y emocional necesita salir por algún sitio, y una de las vías es la tensión muscular. Es una forma muy humana de intentar gestionar la ansiedad.

¿Por qué crees que cuando a alguien le van a hacer una prueba dolorosa (o simplemente desconocida) te pide que le aprietes la mano?

Podemos apretar los puños. Apretar las piernas una contra otra. Y apretar los dientes. Sí, el tan conocido bruxismo.


Si preguntas a tu alrededor, seguro que encuentras a más de una persona que lo tiene. En mi consulta es algo que veo a diario.

Y del mismo modo que apretamos la mandíbula… también podemos apretar el suelo pélvico.

De hecho, ambas zonas están más conectadas de lo que parece, como explico en este artículo

Solo que claro, no todo el mundo está tan conectado con su suelo pélvico como para notar que lo está contrayendo. Muchas personas no se dan cuenta… hasta que empieza a dar problemas: dificultad para defecar (incluso con dolor), fisuras anales que no terminan de curar, hemorroides que reaparecen, dolor en las relaciones sexuales, o una sensación constante de tener una infección de orina.

Relajar el suelo pélvico implica también relajarnos por dentro. Que el sistema nervioso parasimpático (el del descanso y la digestión) recupere el mando. 

Pero eso es difícil si nuestro sistema simpático (el de alarma) está siempre activo.

Y eso es justo lo que ocurre en muchas personas neurodivergentes. Un entorno sensorial no adaptado, o la necesidad constante de enmascarar sus formas naturales de regulación, puede llevar a que descarguen esa tensión a través de la musculatura… incluida la pélvica.

Aunque no hay demasiados estudios que analicen de forma directa la relación entre neurodivergencia e hipertonía del suelo pélvico, sí existen muchas pistas clínicas y científicas que apuntan en esa dirección.

En personas con neurodivergencias, como el TEA, se ha visto que los problemas musculares y de eliminación (estreñimiento, incontinencia, dificultad para orinar o vaciar bien) son más frecuentes que en la población general (Gubbiotti, 2019).  

Y en niños, sabemos que hasta la mitad con diagnóstico de TEA sufren estreñimiento persistente, muchas veces asociado a alteraciones sensoriales, ansiedad e incluso comportamientos para retener las heces (Mulay, 2022).

No sorprende, porque cuando el sistema nervioso está en modo alarma constante (fight or flight), cuesta mucho que se active el otro sistema, el que nos ayuda a relajarnos, digerir y… sí, también a defecar.

Lo que se activa en esas situaciones es la tensión. Y esa tensión puede convertirse en síntomas: fisuras anales, hemorroides, dolor al defecar, urgencia, sensación de vaciado incompleto o de que tienes infección de orina todo el tiempo (cuando no la tienes).
También puede aparecer dolor pélvico, vaginismo, síndrome de vejiga dolorosa o incluso prolapso si el esfuerzo para evacuar es constante. Son síntomas que se describen en relación con las neurodivergencias como el TEA y el TDAH. 

Por eso organizaciones como All Brains Belong – que promueven una atención sanitaria inclusiva para todas las formas de neurodivergencia – insisten en que no solo la sociedad debe adaptarse, sino también el sistema sanitario. 

Como explica Bea Sánchez en el blog Mamá Valiente, esa sobrecarga sensorial constante no solo agota: también puede manifestarse en el cuerpo de mil formas. Dolores, problemas digestivos, tensión muscular o hipersensibilidad… todo forma parte de un sistema en alerta que nunca termina de apagarse. Y en muchas personas neurodivergentes, estos síntomas no son independientes: son distintas caras del mismo iceberg.

¿Y si las pistas estaban desde la infancia?

Los síntomas en las tripas y la pelvis no suelen aparecer de repente, solo que nadie conectó los puntos antes. 

A veces, las señales estaban delante de nuestros ojos… pero no supimos verlas.

Muchas familias recuerdan que su hijo tenía problemas para dejar el pañal, que se aguantaba las ganas de hacer caca o que pasaba días sin ir al baño. O que hacía pis de forma involuntaria mucho tiempo después de haber aprendido a controlar esfínteres. 

Problemas para dejar el pañal pueden ser indicio de neurodivergencias

En algunos casos, incluso se diagnosticó de enuresis o encopresis (pérdida de orina o heces en niños que ya deberían haber adquirido el control).

Y claro, llegan las culpas. 

Que si no se le enseñó bien. Que si se esperó demasiado o demasiado poco para quitarle el pañal. 

Parece que nunca somos lo suficientemente buenos padres. 

Pero lo cierto es que, en muchos casos, estos problemas pueden estar relacionados con una neurodivergencia aún no diagnosticada

A veces no se empieza a sospechar hasta más adelante, cuando salen a la luz otros rasgos. Y otras veces … no se llega a saber nunca. Hasta que esos niños crecen, tienen hijos, y reconocen en ellos lo que nadie supo ver en sí mismos. 

Sabemos que hasta la mitad de los niños con TEA pueden sufrir estreñimiento persistente, y que los problemas para adquirir el control de esfínteres son más frecuentes que en la población general (Mulay, 2022; Holingue, 2023).


Y no solo por causas digestivas: también entran en juego factores sensoriales (rechazo al baño, hipersensibilidad al entorno), emocionales (ansiedad) y motores (por ejemplo, disinergia en el suelo pélvico).

Además, un metaanálisis reciente (Micai, 2023) identificó que la enuresis y la encopresis eran significativamente más frecuentes en niños autistas.

Y esto debería hacernos mirar con otros ojos cuando estos signos aparecen de forma persistente o atípica. 

Porque no hablamos solo de esfínteres. 

Hablamos de cómo el cuerpo y el cerebro procesan el mundo.

Y a veces, ese procesamiento diferente deja pistas muy temprano…

Solo que nadie las supo leer. 

Hora de quitarse la máscara

No todos los cerebros funcionan igual. Pero muchos aprenden a disimularlo.

Las mujeres y niñas con autismo son expertas en esto. Desde pequeñas, observan, imitan y se esfuerzan por encajar. Por eso tantas llegan a la edad adulta sin diagnóstico, con la sensación de estar rotas por dentro y sin entender por qué les cuesta tanto lo que a otras personas les parece sencillo.

Se llama enmascaramiento o camuflaje social. Y no solo retrasa el diagnóstico del autismo: también favorece lo que se conoce como eclipse diagnóstico (diagnostic overshadowing), es decir, atribuir todos los síntomas que aparecen —desde la ansiedad al dolor crónico— al «problema psicológico» o al diagnóstico previo, sin buscar más allá (Gupta, 2023).

A veces, esas mujeres llegan con síntomas vagos o difíciles de clasificar: dolor pélvico, fatiga, síndrome de intestino irritable, molestias urinarias, disfunciones sexuales… Y lo único que escuchan es que «todo está bien» o que «deben relajarse».

Pero su cuerpo está hablando. Solo que nadie le está entendiendo.

A ver cómo te relajas si tu misma no entiendes ni lo que te está pasando ahí dentro. 

Esas molestias que no encajan del todo en ningún cajón no son imaginarias. Muchos de hecho creen que diagnósticos como el síndrome de intestino irritable son un cajón de sastre cuando no sabemos lo que pasa. 

Pero en realidad pueden deberse a una sensibilización central, un fenómeno por el cual el sistema nervioso se vuelve más reactivo ante estímulos normales. Se ha visto que este tipo de síntomas (propios del síndrome del intestino irritable, fibromialgia o dolor pélvico crónico) son más frecuentes en personas con rasgos autistas, especialmente en quienes presentan también síntomas de ansiedad o depresión (Grant, 2025; Bourke, 2015).

Y es que las personas neurodivergentes no solo sienten distinto: a veces también interpretan distinto lo que sienten, como explicaban Hatfield y col. (2017), quienes identificaron alteraciones en la integración de las señales interoceptivas (las que nos informan de lo que pasa dentro del cuerpo) en personas con TEA.

Si a eso le sumamos la presión por funcionar como si no pasara nada, el miedo a parecer  «débiles» o «raras», o el hecho de tener una alta capacidad intelectual (lo que se conoce como doble excepcionalidad), entenderás por qué tantas personas llegan a consulta con décadas de malestar a sus espaldas sin que nadie haya conectado los puntos.

Porque detrás de muchos síntomas hay un sistema nervioso intentando adaptarse a un mundo que no fue hecho para él.

Si quieres profundizar en cómo se vive este camuflaje desde dentro, el libro de Bea Sánchez, Pues no se te nota (2025), es una lectura imprescindible. 

Porque sí, muchas veces no se nota… hasta que el cuerpo ya no puede más.

Referencias bibliográficas

  1. Ben-Sasson, A., Hen, L., Fluss, R., Cermak, S. A., Engel-Yeger, B., & Gal, E. (2009). A meta-analysis of sensory modulation symptoms in individuals with autism spectrum disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 39(1), 1–11. https://link.springer.com/article/10.1007/s10803-008-0593-3
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  14. Sánchez, B. (2025). Pues no se te nota: Camuflaje en autismo, altas capacidades y TDAH.

10 comentarios en «Neurodivergencias, tripas y suelo pélvico: cuando tu cuerpo habla en otro idioma»

  1. Un artículo interesantísimo. A medida que se va leyendo , es imposible no poner caras y nombres a tantas personas conocidas y familiares con » sufrimientos» y disfunciones desconocidas. Y etiquetados de maniáticos, ansiosos, raritos…
    La medicina actual y la mayoría de los médicos están lejos de pararse a reflexionar sobre estos temas y cableados neuronales.
    Te sigo . Y te animo a abrir nuevas vías que den esperanza a tanta gente.
    Muchas gracias!

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    • Entiendo lo que dices, porque yo también escribiéndolo le he puesto cara a muchas personas que he visto a lo largo de los años. Cada vez vamos conociendo más sobre este maravilloso mundo que es el cerebro y las tripas, así que intentaré seguir compartiendo todo lo que pueda.

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  2. Hola Dra Karina Cuiñas,

    Que texto tan enriquecedor y necesario! Nos abre los ojos! Muchas gracias por toda la información y por tanta empatía! Un abrazo fuerte y gracias por tu dedicación!

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  3. Me ha parecido interesantísimo el artículo y me he quedado con ganas de saber más y, sobre todo, de saber qué pasa después. ¿Qué hacemos ahora con toda esta información? ¿Cómo ayudar y tratar mejor a las personas que tenemos alrededor y en las que observamos todo esto? Sobre todo en el caso de los hijos.

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    • Viendo la dificultad que han tenido a lo largo de su vida las personas que obtienen su diagnóstico de adultos, empezaría por tener un diagnóstico para poder entenderlos mejor desde niños, apoyarlos y ayudarlos. Hay mucha ayuda profesional disponible desde las áreas de psicología y terapia ocupacional.

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  4. Me ha encantado el artículo y sería estupendo que esas personas dieran con la persona adecuada que les guiara hacia la solución de su situación de sufrimiento. Gracias por toda esta información tan bien resumida y explicada Karina. Da gusto leerte.

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    • Gracias Carmen. Creo que a veces es difícil ver las señales en ti mismo, sobre todo cuando toda la vida te han hecho creer que tienes un problema. Por suerte cada vez contamos más con estos pequeños altavoces que son las redes sociales y blogs de internet. Ojalá que cada día más profesionales sanitarios podamos abrir los ojos a estas diferencias en los cableados, y así poder ayudarles mejor.

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